
Tijuana presume de ser la ciudad más visitada del mundo pero, más que una ciudad turística, es un enclave fronterizo, con todo lo que eso conlleva. Tijuana, capaz de hacer gobernadores a sus narcos y convertir en ángeles de los sueños a los coyotes, se abre inmensa a un territorio extraño. Acogida de viajeros que no la sienten suya y de residentes que nunca la llegan a conocer por completo, el picante de los tacos y enchiladas disimula, con esfuerzo, las frecuentes noticias de incidentes en el borde. Todos conocen de primera mano gente que ha perdido familiares y amigos en la frontera. El deseo de vivir al otro lado, de cruzarse, no evita, sin embargo, que los bares de la Avenida de la Revolución amanezcan felices tras horas de corridos, rancheras y norteños.
La vida en Tijuana viene y va acostumbrada a la unión forzada de culturas, de gringos y mexicanos, de pesos y dólares. En las colonias, los departamentos de obreros y estudiantes tiñen de otro color más simpático la periferia del municipio. Pero cada uno vive donde vive, y Tijuana permanece ajena... y externa. Etiquetas: ciudades, coyotes, desierto, fronteras |